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miércoles, 6 de junio de 2012

Trenes y Migrantes


Carlos Sánchez
El ruido del tren me remite a la infancia. La nostalgia por los que se van. Quién sabe si volverán. Cuánto de su historia dejan en la última estación, cuánto más falta para que la vida se apague. El ruido del tren es la antesala de la melancolía, la resistencia de los viajantes, la existencia de una bestia que repta por las arterías férreas del país.

Antes, cuando morro, me trepé feliz a un ferrocarril de pasajeros. Escuchaba en cada estación gritos de vendedores ambulantes que financiaban así la manutención de su familia. De noche ansiaba llegar a Benjamín Hill nomás para escuchar aquellos gritos que ofrecían tacos de harina, tacos dorados, champurro, café.

Antier me tocó estar en Caborca, y mientras José Saramago me enseñaba sus islas literarias, escuché de nuevo el ruido del tren. De pronto miré ante mí un migrante que me pedía apoyo, Tengo mucha hambre, iré a buscar algo de comer, dijo.

No atiné más que a quedarme viendo su paso ligero y en busca de comida. Lo seguí con la mirada hasta una de las casas de la calle 12, en ala norte de la perla del desierto. El ruido del tren, en breve instante, lo hizo regresar. Tenía en sus manos un galón de plástico y agua, un taco de papas con chorizo, las papas se le derramaban de la tortilla. El migrante corría de prisa sujetando la vida en sus manos.

Lo miré con sus pantalones rotos, la mirada frágil, el pelo opaco, su paso más que con entusiasmo, era la resistencia, la permanencia de pie porque se desea llegar a algún lugar.

Antes me había dicho que es hondureño, que iba hacia el norte, fue tan concreto, tan ágil, la bestia que repta le había permitido descender de los furgones, no había tiempo para platicar, apenas si la mirada para ubicar un domicilio, tocar la cerca, gritar, pedir como ayuda algo para comer.

En unos minutos cumplir su objetivo, emprender la carrera y trepar a como se pueda en el metal que avanza. Yo para mirarlo y no hacer más conclusión y reparar en el sentimiento de nostalgia otra vez. Apenas si atiné a gritarle al migrante: ve con cuidado. La estulticia desde mi voz.



****

Ayer caí en Benjamin Hill. Iba en funciones de guía, de apoyo para con dos reporteros, Surya Lecona, Diego Legrand, venidos desde el de efe y con funciones similares a las que me dedico. Los miré trabajar y me dispuse entonces también a encontrar la vida en los migrantes.

Estaban allí. Los miré debajo de un eucalipto, a la vera de la vía, con sus miradas de esperanza, de paciencia. Los abordé y conversamos. Vinieron las historias desde Nayarit, desde Culiacán, siempre con el hermetismo por la desconfianza, una armadura contra la violencia, por las vejaciones que ya han sufrido.

Uno de ellos, de torso desnudo, que bien puede llamarse Francisco, Roberto, Manuel, Gregorio, me preguntó si sabía la hora en que pasa el tren. Me dijeron que hasta mañana por la mañana, se contestó a sí mismo. Sólo asentí con un movimiento de cabeza. Luego un monólogo desde él: Vamos para Mexicali, queremos trabajar en el campo, a ver si en la pizca de uva. Vengo de Nayarit.

Después conversamos de sus travesías, yo para preguntarle tal vez sandeces, él para decirme que ya no quiere trepar en trenes en movimiento, porque la última vez casi se mata, y luego para mostrarme la herida en su rodilla izquierda, y a curarla como se pueda.

El hombre de torso desnudo tiene un tatuaje en el lado derecho de su pecho. Patricia es nombre de mujer y está impreso en su piel. ¿Aún amas a Patricia?, le preguntó. Sí, es mi esposa, aquí traigo su teléfono. En cuando tenga oportunidad le llamaré.

Debajo de un eucalipto los cuatro viajantes se disponen a contar las horas que faltan para la mañana siguiente y trepar al tren, en sus proyectos inmediatos está la posibilidad de buscar la casa del migrante: Tal vez nos dejen dormir allí, dice el del torso desnudo, el del tatuaje en el pecho.

La bestia es posible que asome su inmensidad mañana. Por lo pronto la sombra de un árbol es morada, y allí la continuación de las ilusiones, la mira puesta más hacia el norte del país. Y tal vez brincar el muro.